—Señor —repuso el criado, apoyando los codos en las rodillas y observando el cigarro mientras lo volteaba entre los dedos, liando y desliando la ensalivada capa—. Los tontos y estúpidos son los que dicen las verdades. Vaya por las que he dicho a Vuestra Majestad en ocho años.

—¿Hablabas de Ceballos?

—Sí, señor.

—Decías que era francmasón. ¿Acaso hay ahora francmasones? —preguntó el hijo de Carlos IV con viveza.

—Los hay, los hay —aseguró Collado—. Esta mañana hablábamos el señor Pipaón y yo de la taifa de masones que va saliendo por todos lados, como mosquitos en verano, y... que cuente el señor Pipaón lo que sabe.

—Pipaón —dijo el rey con evidente deseo de variar la conversación, y sonriendo picarescamente— no entiende más que de cortejar muchachas bonitas.

Hice una reverencia a la bondadosa Majestad, única contestación que dar podía a broma tan impropia de la gravedad de mi carácter.

—Sí —añadió el señor de dos mundos, juntando la nariz con la barba—: con esa cara de Pascua florida y esa hinchazón de consejero de Castilla, es el mayor amparador de doncellas que hay en Madrid. Se mete en las casas más honestas, saca los tiernos pimpollos, los conduce, socolor de música y fiestas, a los barrios bajos, los lleva también a las procesiones, a las fiestas de los conventos...

—Señor, señor...

Yo no podía decir otra cosa, humillando mi frente de vasallo, ante la sonrisa de quien me honraba dejando caer sobre mí las relucientes ascuas de sus burlas reales. De repente, aquellos cortesanos tan diestros, tan hábiles en el conocimiento de las conveniencias de la cámara, así como de la caprichosa voluntad de su señor en la marcha de los diálogos que allí se sostenían, dejáronme solo en presencia de Su Majestad. El duque llevó a los dos criados al otro lado de la estancia.