—Tan cierto como es noche —afirmó Alagón, observando el semblante de Su Majestad, que demostraba poco interés en la conversación.

—Lo que asombrará más al mundo —indicó Collado— es saber que los masones tienen su logia en la casa misma de la Inquisición.

—¡Hombre, tanto como eso...! —murmuró el rey con indolencia.

Todos fijamos en él la vista.

—Quizás se trate hoy de eso en la comida del inquisidor —añadió Paquito.

—Artieda —ordenó Fernando bruscamente—, trae cigarros.

El lacayo dio al rey lo que este pedía, y habiéndonos ofrecido a todos los presentes, fumamos. El humo de los cuatro cortesanos juntábase con el del rey en los oscuros ámbitos del techo, donde hacían cabriolas media docena de dioses y ninfas pintadas por Bayeu.

—¿Qué habláis ahí de francmasonería? —preguntó Fernando, después de una larga pausa en que no se oía más ruido que el del enorme reloj, cuya ancha esfera y pagana figura de bronce ornaban la chimenea.

—El señor ministro de Estado de Vuestra Majestad lo podrá decir —repuso Collado.

—¿Qué hablas ahí, estúpido? —dijo Fernando, sacudiendo un poco su somnolencia.