Puso Fernando una pierna sobre la otra (¡cuán presentes tengo estos detalles!), y retorciendo el cigarro en la boca, dejó caer de sus augustos labios estas palabras:
—¿Qué se dice por ahí?
—Esta tarde —replicó Collado— han ido a comer con el inquisidor general, don Pedro Ceballos, Eguía y el señor Majaderano.
—¿Quién es Majaderano? —preguntó con indiferencia Fernando.
—El ministro de Gracia y Justicia —repuso Alagón—. Así le llamaba Gallardo en su graciosa Abeja.
No nos reímos, porque el Monarca permaneció impasible. Al fin, sonriendo, dijo:
—¡Ceballos sentado a la mesa con el inquisidor!
La señal fue dada. Todos soltamos la risa.
—¿Si querrá don Pedro participar al prelado cómo va la secta masónica de que es jefe? —dijo el duque.
—Yo había oído que era masón —afirmé con malicia—; pero hasta ahora no sabía que era el Papa de los Hermanos.