XXIV
Llegó al fin la hora de la cita.
—¡Qué miedo tengo, señor de Pipaón! —dijo cuando cambiamos los primeros saludos—, ¡qué miedo tengo, a pesar de las precauciones tomadas! No es fácil que mamá me descubra; pero sí mi hermano Gaspar, que por las noches ronda la casa, no contento con vigilarme de día, imponiéndome su voluntad hasta en los actos más insignificantes.
Después de tranquilizarla sobre este particular, le dije:
—Encantadora niña, ¡cuán mal sienta a esa incomparable persona, digna de un emperador, afanarse por un mozalbete sin fundamento, como Gasparito Grijalva! Mal empleados ojos puestos en él, mal empleada boca hablándole, y mal empleado corazón amándole. Presentacioncita, usted no se ha mirado al espejo, usted no conoce su mérito, usted no ha sabido apreciar el inmenso tesoro de su propia persona, la cual es de tanta valía, que casi casi no conozco ningún hombre digno de poseerla.
—¡Qué adulador es usted! —replicó sonriendo vagamente—. ¿Es eso lo que tenía que decirme?
—Por ahí empiezo, niña mía; empiezo por pasmarme de que quiera usted al hijo de don Alonso, habiendo en el mundo tanto bueno...
—Puesto que he venido aquí a hablar a usted con franqueza —dijo interrumpiéndome—, no le ocultaré que Gasparito no me interesa ya gran cosa.
—¡Oh, confesión admirable! —exclamé con gozo—. Mire usted... me lo figuraba. ¡Si no podía ser de otra manera! Si esos ojos fueran nacidos para mirar a Gasparito, merecerían cegar. Digan lo que quieran, no se hizo el sol para los insectos.
—Yo no sé lo que ha pasado en mí —prosiguió—; pero de la mañana a la noche se me ha concluido la afición que a Gasparito tenía. Esto parece raro; pero no lo es, porque a muchas ha ocurrido lo mismo.