—Es que algunas chiquillas toman por amor lo que no lo es; y cuando viene la pasión verdadera, se asombran de haber derramado aquellas primeras lagrimitas por un objeto indigno.
—Yo creía estar apasionada de Gaspar: ¡cosas de chiquillas! Cuando una juega con sus muñecas cree amarlas mucho, y después se ríe de ellas.
—¡Admirable idea!... Gasparito es una muñeca, y para usted acabó de repente la época de los juegos.
—Confieso que en un tiempo le quise...
—¡Ah, en un tiempo!... Luego...
—Gaspar es un muchachuelo vulgar, un joven adocenado —afirmó expresándose con cierto desdén—. ¡Parece mentira que yo le amara!... ¡Qué grande error!
—¡Enorme error!... Pero, en fin, nada se ha perdido. Ahora bien: ¿puedo saber desde cuándo...?
—¿Desde cuándo? —repitió en un tono que revelaba sin género de duda cortedad de genio.
—Pero no me lo confiese usted, niña —dije con viveza—. A ver si lo adivino yo. ¿Apostamos a que lo adivino?
—¿Apostamos a que no?