—¡Ay!, Presentacioncita, yo no carezco de perspicacia. Desde aquella noche en que salimos de casa y tuvimos la malhadada aventura de la calle del Bastero, y aquel descomunal susto, cuando me vi precisado a hacer uso de las armas.

—Que se quema, que se quema usted.

—Sí; desde aquella noche, desde aquel encuentro con dos caballeros desconocidos, cuando usted perdió el sentido y... ¿Acierto, mi señora doña Presentacioncita? ¿Sí o no?

—Sí —repuso con voz que apenas se oía, más semejante a un suspiro que a una voz.

Alzando los ojos, contemplaba el cielo con tristeza.

—Pues bien —añadí lleno de entusiasmo—, los pensamientos de usted se avienen perfectamente con lo que yo tenía que decirla. Nos entendemos. ¡Benditos corazones los nuestros que así concuerdan, respondiendo el uno a los afanes del otro!

—Yo soy muy desgraciada, don Juan —me dijo—. ¿No conviene usted en que soy muy desgraciada?

—Según y cómo —respondí—, según y cómo. Puede usted ser muy desgraciada, pero muy desgraciada, y puede ser feliz, muy feliz, felicísima.

—Lo primero es lo cierto.

—¡Ah, si usted supiera, si yo dijera aquí todo lo que sé! ¡Oh, arcángel enviado por Dios a la tierra para consuelo de los tristes mortales!... Pero vamos por partes. ¿Se acuerda usted de la función de los trinitarios, y de la recepción de Su Majestad en la sala capitular del convento?