—¡Que si me acuerdo! —exclamó, cubriendo el rostro con sus manos y descubriéndolo después más pálido, más bello, más interesante—. Ya que se ha establecido entre nosotros cierta confianza; ya que he hecho ciertas revelaciones que me han costado mucho, no ocultaré nada, respetable amigo mío... Aquel día, la presencia de Su Majestad y el reconocer en sus nobles facciones las mismas del generoso caballero que me había amparado la noche anterior, produjeron general trastorno en mi alma. Sentí primero una especie de terror. Yo no había visto nunca a Su Majestad. La idea de haber estado tan cerca, de haber estado en los mismos augustos brazos del rey, de aquel gloriosísimo monarca, de aquel hombre que casi no lo es, por su superioridad sobre los demás, me conturbaba y confundía de tal manera, que no era dueña de mí misma. Durante todo el día estuve atónita, paralizada, estupefacta. Parecíame que resonaba su voz en mis oídos constantemente, y que no se apartaban de mí aquellos negros ojos majestuosos, a los de ningún hombre parecidos.

—¡Admirable concordia de sentimientos! —exclamé interrumpiéndola—. ¿Pero es usted una mujer, o un serafín?

—Aquella noche no pude dormir. Estaba fascinada, y no sabía apartarme del retrato del rey que mamá tiene en su cuarto haciendo juego con la estampa del señor san José. En los siguientes días, traté de vencer la irresistible atracción que me llevaba violentísimamente a recrear mi espíritu con los recuerdos de aquella noche y aquel día. Pero, ¡ay!, mi señor don Juan. La noble, la gallarda, la incomparable imagen no se podía apartar de mi imaginación. Cuando oía leer la Gaceta y pronunciaban delante de mí el nombre del rey; cuando Ostolaza le nombraba en la tertulia para encomiarle hasta las nubes por sus buenas acciones, mi rostro se encendía, parecía que iban a estallar mis venas todas, y a romperse en mil pedazos mi corazón.

—¡Oh!, lo creo, lo creo —dije con calor—. Su Majestad cautiva de ese modo el ánimo de cuantos le miran. ¡Qué gallardía en su persona! ¡Qué nobleza y grave hermosura en su semblante! ¡Qué caballerosidad e hidalguía en sus modales! ¡Qué dulce música en su voz! No existe otro más seductor en el conjunto de los hombres... ¿Pues qué diré de sus elevados pensamientos, de aquella bondad de corazón, de aquella inteligencia suprema, para la cual no hay en el arte del gobierno oscuridades ni enigmas? ¿Qué diré de su espíritu de justicia, del gran amor que profesa a sus vasallos, de su religiosidad supina, de todas las admirables prendas de su alma, las cuales son tantas, que parece mentira haya puesto Dios en una sola pieza tal número de perfecciones? Usted le tratará más de cerca, usted le oirá, usted podrá conocer por sí misma que las cualidades de ese angélico ser, a quien Dios ha puesto al frente de la infeliz España, exceden con mucho a sus altas perfecciones físicas.

—La nariz es un poco grande —dijo Presentacioncita con una salida de tono que me hizo estremecer—; pero no por eso deja de ser admirable el conjunto del rostro.

—¡La nariz grande! Así la tuvieron Trajano, Federico de Prusia; así eran también la de Cicerón, la de Ovidio y tantos otros hombres eminentes... Pero esto no hace al caso. Lo que importa es que sepa usted los sentimientos que ha despertado en aquel noble y generoso corazón, no ocupado enteramente del amor a la patria y al sabio gobierno absoluto. ¡Oh, mujer feliz entre las mujeres felices! —añadí con mucho calor—. ¡Oh, flor escogida entre las flores escogidas! ¡Oh, virgen superior a todas las vírgenes! puede usted vanagloriarse de ser la primera que ha encendido una llama ardiente, pura; una llama...

Presentacioncita se cubrió de nuevo el rostro con las manos. Entonces pasó por mi mente la sospecha de que fuese yo en aquel instante víctima de un bromazo tremendo. ¿Pero cómo era posible que el fingimiento de la muchacha fuese tan magistral? No; ninguna actriz de la tierra, aunque se llamase María Ladvenant o Rita Luna, era capaz de simular los sentimientos con tal perfección, desfigurando el rostro, estudiando las palabras, midiendo las actitudes, sin que ni un solo momento se descuidase y revelara el pérfido artificio.

Observé a Presentacioncita con atención profunda, y cuanto más la miraba más me confirmaba en mi creencia de que lo que veía y oía era la realidad de una pasión verdadera. Mis últimas zozobras se disiparon, cuando la vi alzar la frente y me mostró su rostro bañado en lágrimas, en verdaderas lágrimas de ternura y dolor. ¡Oh, estaba preciosa! Entre ahogados sollozos, exclamó:

—Señor don Juan, ¡por amor de Dios!, no me diga usted eso, no me lo diga usted. Es una falta de caridad jugar así con el corazón de esta desgraciada.

Sus dulces lágrimas humedecieron mi mano. ¡Qué lástima que aquel rocío celeste no fuera para mí! Me avergoncé de haber dudado un solo instante.