—¿No me cree usted? —dije—. Pues muy fácilmente puede convencerse de mi veracidad. Yo le proporcionaré ocasión de que oiga usted misma de los labios...

—¡Oh!, eso no puede ser... —replicó con dignidad.

—No propongo nada contrario al honor —añadí—. Su Majestad creo que daría la mitad de su corona por poder manifestarle a usted los sentimientos que le ha inspirado. Yo tengo el honor de ser amigo de Su Majestad, y me ha confiado este deseo de su corazón. ¿A qué conduce el negarle tan dulce y legítimo consuelo, cuando él, por la misma sublimidad de su amor, no aspira a nada que arroje sombra de mancilla sobre la adorada persona de usted?

—¡Oh, qué disparates! —dijo con miedo—. No, esto no puede pasar de aquí. Ni mi humilde condición con respecto a la suya me permite acercarme a él con legítimo fin, ni mi honra me lo consiente de otro modo. Es este un problema que no puede resolverse. No lo resolverá Su Majestad con todo su poder, ni me deslumbrará el esplendor de su corona hasta cegarme los ojos con que miro mi deber, la reputación de mi nombre y mi casa. ¡Jamás! Oiga usted bien lo que digo. Jamás consentiré en ver ni hablar a esa alta persona. Si he confesado lo que usted acaba de oír, lo he hecho porque mi corazón necesitaba esta noble, esta leal expansión con un cariñoso amigo que no puede venderme.

—Pero él...

—Ni una sola palabra más sobre este asunto. ¡Qué necia he sido! ¿Por qué no se me abrasó la lengua? Antes moriré cien veces que consentir en ser recibida por su amigo de usted, o en aceptar su visita. ¡Miserable de mí! Me daría yo misma con mis propias manos la muerte, si me viese cogida en una inicua celada por los cortesanos y aduladores de Su Majestad.

—¿Usted ha podido creer que yo...? —dije muy confundido.

—¿Por qué lo he de negar? Creo que, a pesar de su honradez, el deseo de servir a su señor le impulsa a abusar de mi confianza, de mi debilidad, de esta franqueza quizás culpable con que le he hablado... ¡Oh, Dios mío! ¡cuán desgraciada soy, cuán desgraciada!

—Señora, yo juro que nada he pensado contrario al honor de usted y de su hidalga familia. Pero no negaré que he creído posible y hasta conveniente para la tranquilidad del mejor de los hombres y del más virtuoso de los reyes, el preparar una entrevista amistosa...

—¡Por Dios! ¡Por todos los santos! —exclamó con acento dolorido—. Usted ha tramado perderme; usted no es ni puede ser un hombre leal. Pipaón, se acabó; ni una palabra más: retírese usted. ¡Al momento, al momento!