—¡Dios mío, perdóname!... ¡Madre mía, familia mía, abuelos y ascendientes míos, perdonadme! —murmuró sordamente.
Satisfecho yo también de la madurez de su pasión, le dije mil cosillas consoladoras, estrechando sus manos entre las mías. Ella inclinó la frente, y sentí el vivo calor de ella, así como la humedad de su llanto en mi mano.
—Pipaón —dijo con ansiedad—, júreme usted que no dirá esto a nadie; que todo quedará en profundo misterio; júreme usted que no me despreciará si por acaso... júreme usted que sus propósitos son buenos, sus intenciones leales...
Yo juré cuanto ella quiso que jurase.
—Es tarde —dijo al fin—. Retirémonos. Júreme usted que no faltará mañana a la cita.
—¿Lo duda usted? A las dos, ¿no es eso?
—A las dos. ¡Ay, qué doloroso, qué horrible es desear y temer al mismo tiempo!
—Esperaré en la cuesta de la Vega con un coche simón; téngalo usted presente: con un coche simón.
—Iré con mi hermano.
—Solo con su hermano.