—Y cazar y pescar. Prométale usted lo que quiera. Haremos locuras para que nadie sospeche. Cuando llegue la ocasión en que su presencia nos estorbe, usted dirá que se le ha olvidado cualquier cosa, que desea una fruslería; por ejemplo...

—Caramelos.

—No hay tal cosa por aquellos alrededores; pero se pueden pedir...

—Anises.

—En los puestos del río los hay. Usted manda a su hermano que le traiga anises, ¿eh? Él sale...

—Y no vuelve a entrar... Es usted el mismo demonio. En fin, estoy decidida. Que no me abandone Dios es lo que deseo.

Después, estremeciéndose de súbito, lanzó un suspiro, y con voz conmovida me dijo:

—¡Qué paso tan arriesgado voy a dar, y qué falta tan enorme voy a cometer!... Aunque ningún pensamiento impuro me arrastra, yo sé que esto es una falta, una culpa que Dios no me perdonará... ¡no, Pipaón, no me la perdonará Dios!

—¡Oh!, siempre fue escrupulosa la inocencia —exclamé con zalamería—. ¡Angelical criatura! Si a mí me fuera concedida una mínima parte de la celestial gracia de usted... ¡Pecado, culpabilidad, impureza! ¿A qué pronunciar estas palabras quien por su condición seráfica está libre del contacto del mal?... Écheme usted la bendición y me creeré bueno.

Lejos de calmarse con mis afectadas razones, afligiose más, Vi que rodaban por sus mejillas abundantes lágrimas y que, cruzando las manos, alzaba al cielo los ojos.