—Al diantre con Gasparito.

—No es esa la principal dificultad. Por la mañana le encargaré una comisión cualquiera, y cuando venga a darme la respuesta, ya habré salido yo.

—¡Admirable idea!

—Pero mamá no me dejará salir sola de casa. Forzosamente me ha de acompañar mi hermano.

—¡El señor don Diego! —exclamé meditabundo, considerando que el heredero de aquella noble casa no pecaba de sabio.

—No puede ser de otra manera. Mi hermano ha de ir conmigo; pero bien sabe usted que, aunque se ha corregido mucho, es bastante aturdido.

—Me ocurre una idea —repuse, encontrando solución a aquella contrariedad—. No importa que el señor don Diego nos acompañe hasta la posesión regia. Entraremos los tres: nos pasearemos por espacio de una hora, u hora y media; luego se le hace salir con cualquier pretexto...

—Y volverá a entrar.

—No: de que no vuelva a entrar me encargo yo.

—¡Cómo resuelve usted todas las dificultades!... Por mi parte yo procuraré catequizar desde esta noche a mi señor hermano, que ahora está muy fino y complaciente conmigo. Le diré que usted nos ha convidado para pasear por la Casa de Campo sin que lo sepa mamá; que usted conoce al administrador, el cual nos permitirá divertirnos mucho, correr por todos lados, hacer lo que queramos, como si la posesión fuera nuestra.