—¡Qué sueños! —murmuró en tono patético pasando la mano por su abrasada frente—. ¡Qué disparates he dicho, Pipaón!... Pero mi desvarío es disculpable, ¿no es verdad? ¿Quién no pierde la vista hallándose tan cerca del sol? ¿Quién al sentir en su rostro el calor que irradia aquel centro de luz y de poder, de grandeza y munificencia, no se trastorna y marea?... Yo no sé lo que pienso, yo estoy absorta. Me parece que estoy amando a una sombra regia, a una figura magnífica y arrebatadora que para seducirme ha brotado de las estampas de un libro de historia. ¡Son tan altos los reyes! Feliz el gusano miserable que cae bajo su augusto pie. Honran hasta aquello que aplastan... Mi destino está ya decidido. No puedo contenerme —añadió con brío—. Adelante: Dios estará conmigo, puesto que está con él, como decía La Atalaya. ¿No es el hijo predilecto de Dios? ¿No le ha puesto Dios en el trono? ¿No emanan sus acciones todas de inspiración divina? ¿No están de antemano aprobados todos sus actos por el Eterno Padre? Adelante. Cúmplase mi destino y la voluntad de Dios.
No era ocasión de perder el tiempo en vanas retóricas. Deseando concluir le dije:
—Su Majestad va casi todas las tardes a la Casa de Campo.
—¿Al otro lado del Manzanares?... No he estado nunca allí —repuso en tono pueril—. Dicen que es muy bonito. Hay jardines preciosos, y un lago... todo de agua.
—Todo de agua, exactamente. Es un lugar delicioso. Iremos allá los dos.
—Bueno. Pasearemos primero por entre los árboles.
—Y nos embarcaremos en los botes del lago.
—¡Oh! ¡En los botes del lago! ¡Qué delicia! Pero, ¡ay! —exclamó con pena—, ocurre una dificultad grande.
—¿Cuál?
—Gasparito...