—Monaguillo te vean mis ojos, que obispo...

—No, no hay que pensar en tales imposibilidades... posibles, pero que yo rechazo desde ahora. Lo que digo es que si por acaso me levantase yo dos dedos más arriba de donde estoy ahora, emplearía mi valimiento en hacer todo el bien posible.

—¡Admirable corazón!... —exclamé con fingido entusiasmo—. Permitidme, señora, que salude en vos al iris de paz de la hispana monarquía. ¡Oh, señora! ¡Oh, excelsa joven! ¡Cuánto siento no estar en sitio donde pueda prosternarme!...

—¡Se va usted a poner de rodillas! —dijo riendo—. No tanto, señor don Juan. Solo decía que en caso de tener algún poder...

—¡Algún poder!... Inmenso poderío tendrá usted... ¡Oh, señora, no se olvide usted de los desgraciados, de los menesterosos, de los pobrecitos, ¡ay!, de los pobrecitos huérfanos sobre todo!

—Sobre todo de los infelices que gimen en las cárceles y en los presidios por opiniones políticas.

—También, también: ¿por qué no? Apiádese usted de todo bicho viviente.

—Nada me contrista tanto —añadió con gravedad— como oír hablar de esas crueles comisiones militares, de esas persecuciones horrendas. ¡Oh! ¡Qué dulce será conseguir el perdón de los desgraciados para quienes se ha levantado la horca! ¡Qué inefable dicha correr en busca de la afligida madre, de la esposa, de la inocente hija, para decirles: «por intercesión mía tenéis padre, tenéis marido, tenéis hijo»! ¡Abrir las puertas de la patria a los proscritos, arrancar la vil soga de manos del verdugo, aplacar la ira de los furibundos jueces, derramar el bálsamo de la caridad en el irritado y endurecido corazón del mejor de los reyes!... ¡Oh, qué hermoso papel! ¡Dios mío, mátame, o déjame hacer ese papel!

A esta exaltación sublime siguió en la sensible muchacha un abatimiento profundo. Yo la contemplaba, diciendo para mí:

—Tan atroz es su pasión, que poco le falta para estar rematadamente loca.