—No, si no digo yo que sean maldades. El hombre debe mirar por sí antes que por los demás. Nada malo hay en procurar uno su propio bien, aunque sea a costa ajena. Lo que digo es que usted sabe fingir muy bien; lo que digo es que usted me está engañando.
—¡Oh!, santa Virgen de los Dolores, señora y patrona mía. ¿Cómo convenceré a esta pícara de mi sinceridad, de mi buena fe? —dije con vehemencia—. Yo juro que nada he pensado que pueda ser contrario a la perfecta felicidad de usted, a su virtud esclarecida, al interés de su noble familia.
Y era verdad lo que pensaba. ¿Qué hacía yo sino proporcionar a la abatida familia de Rumblar fabulosos adelantamientos y repentina prosperidad? Interesado vivamente por el bien del reino en general y de cada español en particular, yo me constituía en protector de una familia, harto necesitada de una buena mano que la ayudase a salir del atolladero de sus deudas, y del pantano de sus inacabables pleitos.
—Y si no cree usted mis palabras —le dije resueltamente—, a los hechos me atengo. Ya he ofrecido a usted el medio de cerciorarse por sí misma, y no digo más.
—Acepto —dijo con viva energía, golpeando con el puño el antepecho de la ventanilla—. Acepto la entrevista amistosa. ¡Que Dios tenga piedad de mí!
—¡Oh, mujer feliz entre todas las mujeres felices de la tierra! En vuestra grandeza, señora mía, no olvidéis de hacer algo por este humilde servidor de Vuestra Majestad.
Al decir esto, me descubrí respetuosamente ante ella. Presentacioncita rompió a reír con vanidosa expresión.
—¡Yo Majestad! —exclamó—. Vamos, que pierdo el tino; ¡que lo pierdo sin remedio!
—Otras cosas hay más imposibles.
—No desvariemos, Pipaón. Sería locura pensar que he de salir de mi estado y condición actual. ¡Jesús!