—¿Y si yo consintiera en la entrevista? —preguntó con afán.
—Entonces pronto se conocería en el risueño aspecto del reino, y en la marcha rapidísima de los asuntos, que el trono había recobrado su asiento.
—¿Pues qué —preguntó con incertidumbre—, el trono es capaz de desquiciarse por mí?
—Presentacioncita, es máxima de la antigüedad que los reyes contrariados en sus amores no gobiernan bien a los pueblos.
—¡Ay!, Pipaón, cada vez me inspira usted menos confianza —dijo ella—. Se me figura que mientras yo manifiesto mis sentimientos más escondidos con tanta sinceridad y tanta nobleza, usted, fingiendo interés por mí, trata de engañarme, de perderme alevosamente, por servir a un caprichoso amigo.
—¡Yo falso, yo alevoso, yo traidor! —exclamé con mucho brío—. ¡Aplicar tales nombres a quien es la lealtad en persona... a quien daría gustoso su vida por el prójimo, por usted, Presentacioncita de mi alma! Por Dios, no me estime usted en menos de lo que valgo.
—No, usted no es sincero; usted oculta sus pensamientos —dijo en tonillo quejumbroso—. Lo que ha hecho usted con las señoras de Porreño, mis queridas amigas, prueba su mucho arte para el disimulo.
—¿Pues qué he hecho yo con esas dignas señoras? —interrogué, maldiciendo interiormente aquel pícaro sesgo que había tomado nuestro coloquio.
—¡Y lo pregunta!... Usted las entretuvo con promesas, mientras consumaba su ruina; usted compró los créditos de don Alonso de Grijalva con la libertad de Gasparito, y después...
—Basta, basta —exclamé con indignación—. Esos hechos no pueden juzgarse en dos palabras. Si yo diera a usted explicaciones, ¡cuán distinta sería su opinión acerca de esas supuestas maldades!