Cerró la reja, y me retiré a mi casa. Yo también necesitaba meditar.

XXV

Al día siguiente oí a doña María quejarse de la profunda distracción de Presentacioncita, de sus nerviosidades y palideces, del trastorno muy visible que en sus maneras y lenguaje se había verificado, lo que acabó de confirmar mi creencia respecto a la veracidad de la niña en las confianzas que me hiciera. Llegada la noche, acudí a la segunda cita, y pareciome que se habían agravado en la hermosa muchacha los síntomas de exaltada y febril pasión.

—¡Cuánto ha tardado usted, don Juan! —me dijo reconviniéndome.

—He venido a la hora marcada, incomparable niña —repuse—. Si usted se ha anticipado, no me acuse de tardío. Y ¿qué tal? ¿Se ha meditado mucho? ¿Cómo está esa preciosa cabeza? ¿Se ha serenado, se ha aclarado ese entendimiento?

—He pensado mucho en ello, señor don Juan —me dijo con abatimiento—, y mi mal no tiene remedio.

—¡Que no tiene remedio! Eso lo veremos más adelante. Pero, por de pronto, dígame usted su parecer acerca de la entrevista amistosa.

Contestome con hondo suspiro.

—La entrevista amistosa serviría tan solo para aumentar mi desgracia. Déjeme usted, Pipaón, déjeme usted. Ni su amistad me sirve de nada, ni quizás la merezco tampoco... Me moriré sola.

—Seamos razonables, adorada niña —dije alargando una mano por entre los hierros de la reja—. Aquella persona a quien he dado esperanzas de obtener algunos castos favores, está loca de alegría. Hoy no ha habido despacho, y España y sus Indias andarán desgobernadas, mientras aquel desatentado corazón no se tranquilice.