En medio de la confianza que me inspiraba la niña, tenía yo cierta sospecha vaga, que, aun después de verme en el camino del triunfo, se removía vagamente en el fondo de mi espíritu. A cada instante creía que la encantadora muchacha iba a escaparse de mis manos, dejándome burlado... Pero cuando entramos en los jardines disipáronse mis últimas inquietudes.

—Aquí dentro —dije para mí, inundado de secreto gozo—, no te me escapas. ¡Victoria completa! Ahora, ángel celeste, aunque te arrepintieras no tendrías salvación.

Sentíame yo como el general que acaba de ganar una batalla.

Abandonando el coche, avanzamos por las hermosas alamedas de aquel ameno sitio. Don Diego, despabilándose con la hermosura de lo que veía, charlaba por tres. No había acabado de entrar, y ya quería cazar todas las aves, pescar todos los peces, y modificar a su antojo la posesión. Tal alameda no debía estar como la plantaron sus fundadores, sino de otra manera; tales árboles debían ser arrancados y sustituidos por otros; en determinado sitio debía construirse un edificio, un pabellón... en fin, para aquel impetuoso joven nada debía ser como era.

Presentacioncita se extasiaba en la contemplación del hermoso lago, que es principal adorno y riqueza de la hermosa finca. Después de observar largo rato el risueño espectáculo que ofrece la enorme masa de agua rodeada de amena verdura y corpulentos árboles, me dijo:

—Paseemos un poquito por el charco.

—Voy un instante a ver al administrador —le dije en voz baja, mientras don Diego se dirigía a los botes—. Pronto vuelvo: no se olvide usted de los anises.

—¿Nos dejarán embarcar, Pipaón? —me preguntó el conde.

—Voy a pedir licencia.

En cuatro palabras me puse de acuerdo con el respetable don S... S... acerca de los medios de plantar en la calle el estorbo que por necesidad habíamos traído. El conde saldría; pero antes que a entrar volviera se convertirían en anises todas las piedras del río cercano.