Un momento después, era desamarrado uno de los botes. Ocupole don Diego empuñando resueltamente los remos, y después de describir varias curvas se acercó mansamente a la orilla.
—Entren ustedes... Presentación, adentro. Señor don Juan, salte usted.
Saltamos adentro, y tomamos asiento en los bancos del bote. Era la primera vez en mi vida que yo me embarcaba.
—¿Saben ustedes —dije a los dos jóvenes cuando habíamos avanzado como cinco varas por el agua— que este suave movimiento no me agrada? Se me va la cabeza.
—¡Se le va la cabeza! —dijo Presentación—. ¡Qué será de la monarquía, si se le va una de sus principales cabezas!...
La miré, por ver si reía; pero estaba seria.
—¡Una de sus principales cabezas! —repitió don Diego remando cada vez con más fuerza—. Ahora me acuerdo de que no he dado a usted las gracias... ¡qué distraído soy!... por la bandolera que me ha conseguido.
—Eso no vale nada, amiguito. Usted se merece más —dije con mucha inquietud—. Hágame el favor de poner la proa a tierra... Por mi amigo el infante don Antonio juro que el navegar es cosa imponente.
—¿Pero se marea usted aquí?... ¡hombre de Dios! ¿Y no se avergüenza usted?
—¡Un hombre de estado, una eminencia —dijo Presentación—, una lumbrera de España y del siglo, perder su aplomo tan fácilmente!