—No me mareo; pero la verdad, esto no me gusta... A la otra orilla, que es tarde y tenemos que ver la pajarera.

—Otro poquito más —dijo la niña—. Me encanta este suave movimiento. ¡Qué hermosa es el agua!... Mire usted, mire usted los pescaditos. ¿Pues y esas hierbas verdes y negras que se ven debajo?... Aquí tienen ellos sus nidos, sus casas, sus alcobas, sus camas, sus despensas... Mire usted cómo van en bandadas por el agua, cómo se juntan y se separan. Parece que se dicen un secreto, que se hacen preguntas, que disputan y se reconcilian después. Y ¡cómo se ve el cielo en el fondo! Parece otro cielo, ¿no es verdad, Pipaón? ¡Qué bien se ven de aquí los árboles de la orilla: se ven dos veces, unos vueltos hacia arriba y otros hacia abajo! ¡Oh!, por allí vienen los cisnes. De lejos parecen una escuadra navegando a toda vela. ¡Ay, Pipaón, qué hermoso es esto!... A ver si sé yo remar.

—¡Tonta! Tú no tienes fuerza —dijo don Diego, defendiendo los remos.

—Señor conde, diríjase usted a la otra orilla —dije yo, empuñando el timón, con no menos brío que un Sebastián Elcano—. La verdad es que estas cáscaras de nuez no me inspiran gran confianza. Puede romperse una tabla con la mayor facilidad, y aquí se ahoga uno sin remedio.

—Yo no, porque nado como un pez —dijo don Diego.

—A tierra, a tierra.

—¿Que se ahoga uno? ¡Dios mío! —exclamó con espanto la madamita—. ¿Si uno se cae aquí, se ahoga?

—Sin remedio.

Por más que ordenábamos al remero que nos llevara a tierra, se empeñaba el tunante en dar vueltas y más vueltas alrededor del lago. Corría velozmente la frágil embarcación, y la niña de la condesa parecía muy complacida de aquel extraño modo de pasear, porque aspiraba con delicia el aire que en nuestra carrera nos azotaba el rostro, y con sus manecitas agitaba el agua, salpicándola, cual si también remase.

—Basta, basta ya. ¡A tierra!