—Está usted pálido, Pipaón —me dijo la niña, acercándose a mí con mucho interés.
—Pálido no —repliqué—; pero nos hemos paseado ya bastante por los mares.
—¿Quiere usted un caramelo? —añadió, registrándose los bolsillos—. ¡Qué diablura! Se me han olvidado.
—Habrá usted traído anises.
—Tampoco —añadió con mucho desconsuelo—. Mira, Diego, en cuanto volvamos a la orilla, saldrás a comprarme unos anises. Verdaderamente, no me puedo pasar sin anises.
—En los puestos del río los hay —indiqué yo.
Daba el bote una vuelta, cuando vi que un guarda, con descompuestos ademanes de ira, nos hacía señas para que fuésemos a la orilla. Era un ardid convenido con don S... S... para poner término a la excursión naval si se prolongaba demasiado.
—¿Ven ustedes? El guarda nos hace señas de que salgamos del bote —grité, fingiendo el mayor enfado—. ¡Qué desacato hemos cometido! Nos van a echar de la posesión.
—Vamos, vamos —dijo la niña—. Aquel buen hombre está muy enojado.
Pero el conde seguía remando, y la nave su suave curso alrededor del charco. Disponíame yo a arrancar los remos de las manos del joven, cuando divisé en la orilla de enfrente muchedumbre de hombres y caballos.