Presentación palideció.

—¡Buena la hemos hecho! —exclamé, reconociendo los coches de la Casa Real—. Ahí está Su Majestad... Cuando menos, nos mandan a la cárcel.

—¡Jesús, qué miedo! —dijo la niña—. ¿Dónde nos esconderemos? Diego, tú tienes la culpa. Vamos a tierra pronto, hijito, o échanos a pique para que ocultemos nuestra vergüenza.

El muchacho reía con un desparpajo que me arrebató de cólera.

El guarda seguía haciendo señas. Tras el coche del rey entraron otros, y bien pronto vimos paseando por la orilla a Su Majestad en persona, acompañado del duque y seguido de distintos individuos de su alta servidumbre. Poco después aparecieron algunas damas. Don Dieguito remaba suavemente hacia tierra.

De pronto observamos que el rey y todos los que le acompañaban se detenían a mirarnos. Estábamos sirviendo de espectáculo a la corte.

—¡Qué vergüenza! —dijo Presentacioncita—. ¡Cómo nos miran!... Su Majestad se ha fijado en usted, Pipaón. Parece que se sonríe.

En efecto: sonreía mirando el bote.

—Salude usted a Su Majestad, Pipaón; salude usted, hombre —gritó con afán la niña—. ¡Por Dios, no sea usted grosero!... ¡Qué poste!... Pero, hombre, levántese usted.

Púseme en pie, sombrero en mano... y en el mismo instante ¡Dios todopoderoso y misericordioso!... sentí unas pequeñas pero enérgicas manos que empujaron mi espalda... recibí un impulso terrible, del cual no pude defenderme por estar desprevenido, y caí como una piedra en el agua... ¡Horror incomparable!