Cuando mi cuerpo chocó en la superficie del agua, y esta salpicó con estruendo y chasquido horribles, y sumergime repentinamente, sentí un rumor espantoso de carcajadas, y sobre mí la voz de Presentacioncita, que con el ardor de la venganza, gritaba:
—¡Por tunante! ¡Por cobarde! ¡Por pillo! ¡Por traidor! ¡Por al...!
La última palabra no la copio por respeto a mí mismo.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Yo nadaba como una peña. Fui derecho al fondo. Agua por todas partes: agua en mis ojos, en mi boca, dentro de mi cuerpo; agua en mi aliento, que ya no era aliento, sino el angustioso hálito de la asfixia. Tragaba la muerte... me moría por dentro y por fuera... ¡me ahogaba!...
¡Ay! Cuando me sacaron, no sin trabajo, los guardas, ayudándose de ganchos, mi persona inspiraba horror, según me han dicho. Yo era una masa de fango pestilente. Los cortesanos huyeron de mí con asco, mientras los guardas me envolvían en mantas, prodigándome los tratamientos necesarios para volverme a la vida. Dentro de mi estómago tenía todo el estanque, todo el océano... y hasta el bote.
Cuando adquirí la certeza de que aún vivía para bien de la humanidad y amparo de los desvalidos, era ya de noche. Todo era silencio. Yacía en una desnuda sala, y a mi lado no vi ni rey ni cortesanos. Los guardas me miraban, y recordando el chasco se reían.
Entonces, trayendo a la torpe memoria accidentes y pormenores, empecé a caer en la cuenta de que Presentacioncita se había burlado de mí. ¡Qué obra maestra de estudiada farsa, de disimulo, de pérfido engaño! ¡Maldita sea mil veces! Recordando su comedia, su bien fingido enamoramiento, sus coloquios conmigo, la habilidad suprema con que me fue conduciendo poco a poco a la catástrofe, de acuerdo con su hermanito, con su novio y sus criados, me parecía mentira que todo fuese una burla. Después he sabido que mi conducta con las señoras de Porreño y el señor de Grijalva le inspiraron aquel plan de venganza, que llevó adelante con su incontrastable voluntad y su agudísimo entendimiento. Me aborrecía apasionadamente; me odiaba con exaltación; soñaba con la venganza, y ningún ideal amoroso, ninguna fantasía de mujer hubiera enloquecido su mente, como aquella ansia de burlarme de un modo cruel, inaudito, no contentándose con el martirio de la ridiculez, sino aspirando a daños mayores, a la muerte quizás... Confesó la pícara que nada se le importaba que me ahogase, pues un ser tan vil y despreciable como Pipaón (así mismo lo afirmó) debía morir donde vivía, es decir, en el lodo.
¡Hórrida, bella! Desde entonces, Presentación me causó espanto. No me parecía yo a Marat; pero ella tenía no poco de Carlota Corday.
—Pero después de tal infamia, ¿les dejaron marchar tranquilos? —pregunté a don S... S... que se me acercó para informarse de mi estado.