—La muchacha reía —me dijo—; el joven remaba con fuerza para llegar a la otra orilla; pero por mucha prisa que se dio, ya les aguardaban allá los guardas, dispuestos a hacer presa en ellos... Fueron, pues, cogidos ambos hermanos, ¿porque son hermanos, no es verdad? La muchacha estaba serena, tan serena que parecía un ángel; y cuando le afeamos su conducta, respondió que usted, por trapisondista y farsante... (no sé cuántas insolencias salieron de aquella linda boca), bien merecía el remojón delante de la Corte, y aun la muerte.

—¿Y el rey no dispuso...?

—Su Majestad, cuando vio que mi señor don Juan salía lleno de fango, dijo sonriendo: «¿Está vivo ese tunante?»

—¿Ese tunante?

—Así mismo. Luego añadió: «Hierba ruin nunca muere», y fue hacia donde estaban los dos criminales detenidos por los guardas.

—Sin duda iba a disponer un castigo tremendo...

—Fernando VII reía de tan buena gane que daba gusto verle. Todos nos reíamos. De repente, algunos señores de la corte que acababan de entrar en la posesión se encontraron con Su Majestad en la senda que da vuelta al lago. Detuviéronse todos: aquellos señores traían una grave noticia, venida hoy por el correo de Francia; una noticia estupenda, horrible, que dejó absorto y frío y pálido a nuestro rey, y mudos de espanto a todos los que le rodeamos.

—¿Y esos dos muñecos?...

—Su Majestad permaneció un rato mudo y quieto, como si se convirtiera en estatua. Después dijo: «Vamos al instante a Palacio»; y pusiéronse todos en marcha.

—¿Y esos dos muñecos?...