¡Ya te inflamarán a ti!... ¡Miserables poetas, se os ha acabado el doquiera! Encerraditos en Melilla, podréis cantar la soberana.

—Muñoz Torrero —añadí, gozoso de poner mi retentiva al servicio del estado— fue el que dijo que la soberanía de la nación estaba en las Cortes, lo cual es como poner a la burra las arracadas.

—Justamente. Y que las personas de los diputados eran inviolables. ¡Inviolables el veneno de la serpiente y la lengua del escorpión!

—Pues ¿y García Herreros? Fue el que tuvo el atrevimiento de asentar que los reyes están sujetos a las leyes que les dicta la nación.

—Y que la ley es superior al rey, lo cual es como decir que la espuela gobierna al jinete.

—Casi todos ellos firmaron el decreto de 2 de febrero, en el cual se dijo que no se conocería por libre al rey, ni menos se le prestaría obediencia, hasta que él prestase juramento a la Constitución.

—Gutiérrez de Terán firmó como secretario el manifiesto de 19 de febrero, que era la segunda parte del tal decreto.

—Y Martínez de la Rosa, o sea el señor Bello Rosal, como le llama La Abeja, lo escribió.

—Y Feliú lo leía a voz en cuello en los cafés.

—A donde iban a emborracharse.