—Deliciosísimo, amigo Bragas. Tras los diccionaristas y gaceteros, viene la pestilente chusma de poetas, a quienes es preciso también poner como nuevos. Ahí tienes, por ejemplo, a Sánchez Barbero.

—El autor de aquellos versitos:

Aquí nosotros los sagrados dones

De independencia y libertad gozamos,

Y monarca, no déspota, juramos.

—Yo también me acuerdo, yo también —exclamó con júbilo mi amigo—. El infame bibliotecario de San Isidro se despachó a su gusto en estas endechas:

El fanático error vencido cede,

Y la sin par Constitución sucede;

Constitución resuena

Doquiera ya; Constitución inflama...