—También yo tengo buena memoria —añadió don Buenaventura—. Habló mucho de derechos imprescriptibles, y concluyó así: Se acabaron nuestras desgracias. Ya reinan las leyes.

—Que es como decir que no reinará el rey —afirmé, tomando un polvo que don Buenaventura me ofreció.

—¡Y qué más, mi querido Bragas! ¿No consta en el libro de las sesiones la abominable expresión de Canga Argüelles?

Que estaba pronto a derramar la última gota de su sangre en defensa de la Constitución.

—Así mismo lo dijo.

—No recuerdo bien cuál de ellos aseguró que destruidos los conventos, se cortan las fuentes que mantienen las preocupaciones y cuentos de viejas.

—Page, el mismo que expresó la opinión de que es delito de lesa majestad llamar soberano al rey... ¿No fue Istúriz quien dijo aquellas palabrotas...?

—Sí, ya recuerdo. Hoy somos ciudadanos de una gran república, aunque bajo las formas características de la monarquía; el rey no es nuestro señor, es nuestro jefe, porque queremos, y de la manera que queremos que lo sea, y nada más.

—Admirable memoria tienes —dijo don Buenaventura, tomando la pluma—. Voy a apuntar eso. Se confrontarán las Sesiones.

—No olvidará usted los méritos y servicios de Gallardo. Fue el que estampó en letras de molde que los obispos debían echar bendiciones con los pies, colgados de una cuerda. Ahora recuerdo también que Ramajo, redactor de El Conciso, amenazó al rey con la venida de Carlos IV, si no juraba la Constitución.