Impulsome por estos excelsos caminos la amistad que en octubre de 1814 contraje con un hombre que en aquella época comenzaba a ser poderoso, y después lo fue en tan alto grado, que, siendo su nombre don Antonio Ugarte, el vulgo le llamaba Antonio I para significar un poder, grandeza y predominio que al del mismo monarca se igualaba.

¿Y quién era ese Ugarte, quién era ese hombre poderoso que por algún tiempo dispuso del tesoro de la nación, y tuvo a sus pies a todas las eminencias civiles y militares, y dio que hablar dentro y fuera de España casi tanto como Godoy en el reinado de Carlos IV? Pues era, simplemente, un maestro de baile.

Hombre tan insigne merece capítulo aparte.

VIII

En los últimos años del siglo anterior, Ugarte había venido de Vizcaya a los quince de su edad. Menos afortunado que yo y con menos recursos, tuvo que ponerse a servir de mozo de esportilla en casa del señor Consejero de Hacienda don Juan José Eulate y Santa, donde se dio tan buena maña y mostró tanto ingenio, que bien pronto, ayudado de su buena letra y de sus conocimientos aritméticos, logró ser amanuense de la casa. Habiendo nacido Antoñuelo para grandes empresas, no quiso su destino que se prolongase por mucho tiempo la oscuridad de aquella vida, y ved aquí que una aventurilla doméstica, en la cual apareció demasiado listo, le obligó a separarse del señor Eulate. El mancebo vizcaíno, viéndose sin arrimo, pasó revista a todas las artes y ciencias, y discurriendo cuál de ellas tomaría por instrumento de la gran ambición que en su noble pecho abrigaba, adoptó la coreografía. Ya le tenemos de maestro de baile, o como si dijéramos, con ambos pies dentro de la esfera de la fortuna, que en aquellos tiempos solía favorecer a la gente danzante.

Era Ugarte de hermosa presencia, agraciado, vivaracho, ingeniosísimo en las frases, saludos y cumplidos, y extremadamente listo, con el más claro ojo del mundo para conocer a las personas y captarse su simpatía y buena voluntad. Vestía con toda la elegancia que sus mermados emolumentos le permitían; conocía a fondo el ars umbelaria, que era el modo de ponerse el sombrero, y el ars ingrediaria, que era lo que modernamente y con más llaneza llamamos el modo de andar. No solo daba lecciones de baile, sino que las daba también de zorongo, es decir, enseñaba a los jóvenes a hacer con la mayor elegancia posible el gesto de afectadísima urbanidad conocido con este nombre.

A pesar de tan supinos talentos, Ugarte no salía de su pobreza, que entonces acompañaba, como el lazarillo al ciego, a las más nobles artes de la cabeza o de los pies. Pero quiso el cielo que se prendase del bailante vizcaíno una dama burgalesa (cuyo nombre no hace al caso), la cual vivía en la Costanilla de Capuchinos de la Paciencia. Desde entonces todo cambió. Baste decir que Godoy gobernaba a España y sus Indias. Para medrar, Antoñuelo, que tanto había movido los pies, no necesitó más que el apoyo de una blanca mano. Sintiéndose con un gran caudal de iniciativa y de recursos de ingenio, resolvió no meterse entre las telarañas de las covachuelas, y se hizo agente de negocios de Indias, de los Cinco Gremios y de la Dirección de Rentas. ¡Colosal mina! Antoñuelo tenía talento en la cabeza, y dedos en las manos.

Por lo que yo hice con mediana ciencia en tiempos posteriores, y ya muy explotados, júzguese lo que haría Ugarte con más genio para los negocios que Nelson para la Marina, y en tiempos tan primitivos y virginales que bastaba alargar la mano para coger el sustento de hoy... y el de mañana. La Providencia divina, que en lo de mimar a Ugarte era una madre débil y complaciente, le puso entonces en relaciones con el barón Strogonoff, embajador de Rusia, el cual encargó a nuestro exbailarín el desempeño de diversos asuntillos. Hízolo a pedir de boca, quedando el moscovita tan complacido, que se fue para las Rusias en 1808, y dejó a cargo de Ugarte todos sus intereses.

Durante la guerra, don Antonio no se movió de Madrid. Firme en su agencia, servía a españoles y franceses, sin malquistarse jamás con unos ni con otros, que este es privilegio de ciertos hombres sutilísimos. Ni los franceses le molestaron en 1812, aunque encubiertamente favorecía a los nacionales, ni en 1814 le persiguieron por afrancesado los españoles de la restauración. Con todo el mundo tenía buenas relaciones; para todo se echaba mano de Ugarte. Murat y José lo mismo que los regentes de Cádiz, el cardenal de la Scala lo mismo que Fernando, el botellesco Cabarrús igualmente que el leal Eguía, le consideraban y atendían. Hízose superior a los partidos, y a todos servía. Había tenido hasta entonces el singular talento de no funcionar dentro de la jurisdicción de las pasiones políticas, reservándose la esfera interior de los negocios. Mientras arriba los bobos andaban al pelo por la soberanía del pueblo y los derechos del trono, él resbalaba abajo ingiriéndose en los intereses públicos y particulares... No era nada; no era más que agente.

Aquí hemos visto muchos hombres de esta clase; pero el maestro, el patriarca, el Adán de estos bienaventurados camaleones, fue, sin duda alguna, Antonio I, agente de todo lo agenciable.