Por entonces empezó la gran influencia de los rusos en la corte de España, aunque todavía no habían aparecido por las Ventas de Alcorcón. Concluida la guerra, vino acá el célebre Tattischief (a quien daré a conocer más adelante), el cual, por su antecesor, tenía ya noticia de las sutilezas de nuestro agente. Se hicieron tan amigos, que ambos salían de paseo, dándose el brazo, confundiéndose los bailarinescos antecedentes del uno con la noble prosapia del otro, para regocijo de la democracia, que ya empezaba a invadirlo todo. El ruso, que era emprendedorcillo, como se verá en lo sucesivo, y no había venido a Madrid a coger moscas, encontró su mano derecha en Ugarte, y este halló en el ruso un admirable espantajo que le sirviese de pantalla en la corte. Llevó Tattischief a Antonio I a la tertulia de Fernando, hízole conocer a este las altas dotes del antiguo maestro de zorongo, y no fue preciso más. La agencia de Ugarte se extendió; puso una mano en el corazón de la monarquía, y extendió la otra a los últimos confines de ella en Europa y en América. Un solo mundo no le bastaba.

Por aquella época (repito que al concluir 1814) nos hicimos amigos. Habíame ocupado don Antonio en diversos menesteres de mi incumbencia, los cuales desempeñé tan bien que se me confirieron secretos importantes y fui asociado a empresas de mayor cuantía. Nos comprendimos; encajamos el uno en el otro como el pie en el zapato: él conociéndome y yo conociéndole, habíamos hecho la principal conquista de nuestra vida.

Y aquí levanto la mano del bosquejo de este hombre, porque sus hechos principales no han ocurrido aún en los días a que me refiero. Ellos irán saliendo poco a poco, y le pintarán por completo en todas sus fases, siendo tan solo mi propósito ahora trazar una breve figura lineal, que por sí irá vistiéndose de colorido con la misma luz de los próximos sucesos. Cuando yo conocí a don Antonio, empezaba el gran poder de aquel hombre, arbitrista, asentista, factotum; de aquel agente universal, que resolvió, en connivencia secreta con el rey, graves negocios de estado; que tramó revoluciones y mudanzas, celebró tratados y manejó la Hacienda publica sin responsabilidad; organizó ejércitos y compró buques, todo esto sin intervención ninguna de los vanos ministros, y obrando casi siempre a espaldas del llamado gobierno.

La figura de mi don Antonio no revelaba entonces su antiguo oficio de maestro danzante, ni tenía la ligereza que arte de tantos vuelos exigía: era bastante obeso y de procerosa estatura, rostro de satisfacción, doble barba con mucha enjundia, ojos muy movibles y una sonrisa más bien esculpida que pintada en su rostro por la fijeza de ella, y por la feliz concordancia con todas sus palabras. Ponía semblante afectuoso a chicos y grandes, y con todos aparecía obsequioso y servicial, aunque después no lo fuese. Tenía suma destreza para resolver en todo; respondía siempre a medida, sin decir más ni menos de lo necesario; disimulaba sus proyectos con discreción excelsa, a prueba de ajena perspicacia; jamás emitía ideas exageradas; por el contrario, era juicioso, y en sus conversaciones sobre fútil política siempre daba la razón a su interlocutor; hablaba con veneración del rey, guardando prudente silencio sobre la dominación francesa, y no insultaba jamás a los vencidos, sin duda por la consideración de que pudieran ser vencedores. Cuando nombraba a alguno de los personajes desterrados o presos, decía mi desgraciado amigo Fulano de Tal, y a todos los hombres de viso que entonces privaron, les sahumaba con vanos elogios en presencia y ausencia.

Delante de los tontos decía afectadamente tonterías, y sabidurías delante de los sabios, y jamás habló mal de ninguna persona, aunque esta estuviese en Melilla o Ceuta. Era religioso y cuchicheaba con frailes y monjas; pero nunca le vi abogar celosamente por la Inquisición, ni dio al fuego sus libros filosóficos y enciclopedistas, pues los tenía buenos. Se lamentaba de que los revolucionarios fueran tan malos; pero en más de una ocasión le sorprendí en secreto con ciertos pajarracos que a cien leguas me olían al musguillo húmedo de las logias y a sociedad secreta; en fin, era hombre tan completo que difícilmente se encontraría otro ejemplar, ni quien, como él, estuviese siempre en la justa medida, atento a su beneficio, y realizando las supremas leyes de la vida con tal arte que el Criador del mundo debía de estar muy satisfecho por haber criado a Ugarte. Sin duda después que lo echó al mundo vio que era bueno.

Este y Ostolaza fueron los dos arcángeles que tiraron (permítaseme la figura) del carro celestial de mi encumbramiento. Si uno me introdujo en el cuarto del infante, llevome el otro al del rey. Muchas y no despreciables cosas tengo que contar de mis conexiones con los primeros cortesanos de la época; pero antes de llegar al lugar sagrado, se me permitirá que me ocupe de otras menudencias que, no por serlo, dejan de ser indispensables para el conocimiento de lo que vendrá después, y de cierto asunto que por mi propia cuenta emprendí. Como aquí entran personas de menos copete y algunas madamitas, también abro capítulo aparte.

IX

A casa de las de Porreño iba yo a menudo, y constantemente desde que se apareció en aquellos tristes salones cierta condesa de Rumblar, acompañada de un lindo femenil pimpollo, nombrado Presentacioncita, la cual era un conjunto de gracias, seducciones y monerías de imposible descripción. Tenía tal garabato para burlarse de Ostolaza y de mí, elogiándonos en apariencia, que ni él ni yo sabíamos enfadarnos para salvar la dignidad. Nos zahería muy sandungueramente, y por mi parte me moría de gusto. La luz chispeante de sus ojitos, negros como la noche, deslumbraba los míos y se me entraba y esparcía por todo el cuerpo, escarbándome el corazón. Cuando reía, figurábasele a uno tener delante un coro de angelitos insolentes, jugueteando de nube en nube; cuando se ponía seria, era preciso estar en guardia, porque de fijo tramaba alguna ingeniosa picardía. Su gravedad era una máscara, detrás de la cual se fraguaban hipócritamente todas las aleves conspiraciones contra nuestras casacas, contra nuestras chupas, y también contra nuestras pobres carnes.

Temblábamos ante ella, y por mi parte me derretía de gozo cuando mi cara se bañaba en su aliento durante una partida de mediator. Moralmente hablando, nos pellizcaba sin cesar, pues no podían ser otra cosa sus punzantes burlas. Digo punzantes, porque en cierta ocasión clavó en los sillones donde Ostolaza y yo nos sentábamos, algunos alfileres tan soberanamente dispuestos, que mi buen amigo y yo vimos, sin ser astrólogos, todo el sistema planetario. Otra vez cosió mis faldones a un infame aparato, que moviéndose echó por tierra la cesta de la costura donde doña Paz tenía distintas suertes de labores, ovillos, canutillos y lienzos, de tal modo que levantarme yo y venir el mujeril aparato al suelo fue todo uno. A veces inventaba un juego de acertijo, en el cual había un plato artificiosamente ahumado, que nos aplicábamos a la cara para saber el secreto, y puesta la sala a oscuras, resultaba después que aparecíamos Ostolaza y yo con la cara tiznada, de lo cual se holgaban y reían mucho los concurrentes. A menudo recibía yo cartitas y recados de monjas mandándome llamar, y luego salíamos con que era mentira. Y no digo nada de aquella graciosísima invención que consistía en darme un dulce, y cuando yo todo almibarado de gozo me lo metía en la boca, resultaba más amargo que la misma hiel.

¡Ay! En aquellas tertulias había verdadero entretenimiento; se divertía uno con la más rigurosa honestidad, sin propasarse jamás a cosas mayores, y aunque se padecía un poco del mal de Tántalo, el lindo juego de la gallina ciega nos proporcionaba algún yo y tú casual entre tapices, y se podía coger al vuelo un par de blancas manos, algún torneado brazo, u otra cualquier obra admirable del Criador. Daba la maldita casualidad de que, siempre que estábamos rezando el rosario, sonaba adentro descomunal y pavoroso ruido, y a oscuras o con un candilejo era preciso ir a ver lo que era, no faltando damas valerosas que le acompañasen a uno por los solitarios corredores. Por supuesto, al fin venía a resultar que aquellos espantables ruidos eran obra del gato, haciendo de las suyas en la cocina.