Con estos y otros inocentes placeres, se pasaban dos o tres horas de la noche sin sentirlo.

Una noche noté que Presentacioncita no nos dio bromas ni a Ostolaza ni a mí. No di importancia al suceso. A la noche siguiente no fue a la tertulia y se dijo que estaba enferma; pero apareció tres noches después bastante desmejorada y muy triste, lo cual me sorprendió mucho, y observé. Observé su semblante, su mirar, qué conversaciones prefería, a cuáles palabras prestaba más atención. Atisbé sus suspiros y la distracción honda en que comúnmente estaba, deduciendo de todo que Presentacioncita tenía un gran pesar sobre su alma. Pero lo más extraño fue que la graciosa niña no solo se abstenía por completo de toda burla mordaz conmigo, sino que me trataba con inusitadas consideraciones, fijando en mí su mirada, cual si quisiese leer mis pensamientos, y por ellos adivinar mi voluntad para satisfacerla.

Atendía al juego, alegrándose mucho cuando yo ganaba, y demostrándome en sus ojos profunda pena si la suerte no me era propicia. Al retirarme, me preguntó con vivísimo interés si faltaría a la tertulia de la noche siguiente.

Acosteme y no dormí. Los dos ojos de Presentación fulguraban en la oscuridad de mi alcoba como estrellas en el negro cielo. Pero yo no soy hombre que pierde el tino por afán de ideales amores, ni en mi vida he sentido el embrutecimiento de que hablan los poetas, dolencia común a cabezas hueras y a gente vagabunda. Reíme, pues, de aquello, y vino el día y tras él la noche. Pareciome, al entrar en la tertulia, que con mi vista se disipaba la tristeza de la preciosa niña, como con la presencia del sol huyen las nieblas que oscurecen y enfrían la tierra. ¿A qué negarlo? Yo estaba inflado de orgullo.

Conocí que deseaba hablarme, y por mi parte sentía ardiente anhelo de decirle un par de palabritas al oído, sin que lo viera mi señora la condesa. Ofreciósenos a entrambos ocasión propicia cuando los demás hablaban ardientemente de la caída de Macanaz. Presentacioncita me dijo con la mayor zozobra:

—Señor de Pipaón, tengo que hablar con usted.

—Y yo también, señora doña Presentacioncita, tengo que... —repuse, sin poder encontrar una fórmula de madrigal.

—Pero mucho, mucho —añadió ella, poniéndose más encarnada que un cardenal.

—¿Mucho?

—Tengo... tengo que confiar a usted...