—Sí, yo también...
—Un gran pesar.
—¿Pesar?
—Sí, una gran pesadumbre, y espero...
—Yo también espero...
—Espero que usted me hará el favor que he de pedirle... Usted, sí, me han dicho que solo usted...
Yo estaba confundido y nada contesté.
—Mañana, señor de Pipaón... —dijo disimulando todo lo posible su inquietud—; mañana...
—Mañana, o cuando usted quiera...
—Venga usted aquí. Estaremos solas doña Salomé y yo. Mi madre, doña Paz y doña Paulita van a visitar a las monjas de Chamartín. Yo he dicho que vendré a ayudar a doña Salomé en una labor que trae entre manos.