Al siguiente día, a la hora marcada, acudí presuroso a la cita, poniéndome de veinticinco alfileres. Retirose la de Porreño cuando yo entré, y Presentacioncita no esperó a que me sentara para decir:
—Señor de Pipaón, en usted confío, en su mucha bondad y cortesanía. Se trata de una obra de caridad.
—¡Una obra de caridad!... ¡y para eso...! —murmuré desconcertado.
—Se lo agradeceré a usted toda mi vida, toda mi vida —afirmó ella cruzando las manos y clavando en mí hechiceras miradas.
Empecé a sospechar si sería yo víctima de una refinada ingeniosa burla.
—Veamos: ¿qué obra de caridad es esa? —pregunté tan inquieto y sobrecogido cual si sintiera en el asiento de la silla los alfileres de marras.
Presentacioncita fijó los ojos en el suelo, y doblando y desdoblando la punta del pañuelo, dijo:
—Yo tengo...
—Vamos, acabe usted.
—Me cuesta mucho trabajo, señor de Pipaón; pero no me queda otro remedio que decírselo a usted.