—Pues oigo. ¿Tiene usted...?
—Vergüenza.
—¿Es algún pecado?
—Pecado, no.
—Entonces, amor.
Presentación respiró cual si la quitaran de encima un gran peso.
—Eso es. Cuesta mucho decirlo... Gracias, señor don Juan. Me ha adivinado usted. Bien dicen que otro de más pesquis no le hay bajo el sol.
—¿Y quién es ese dichoso joven? —pregunté de muy mal talante, esforzándome en poner cara indiferente.
—Ese joven... es... vamos, un joven... muy desgraciado por cierto, si usted no lo remedia.
—¿Yo?... ¿Y en qué puedo servirle?