—¡Ay! Para un hombre como usted no hay nada imposible. Por su mucho talento ha logrado ganarse una buena posición; es amigo de Antonio I, del infante, y tiene gran poder en la Corte... —añadió con mucha zalamería.
—¡Yo!
—O en el gobierno. ¡Qué gusto para la madre que tal hijo crió! Verle encumbrado por sus méritos nada más, por su entendimiento; verle solicitado de los grandes señores y hasta de los obispos... No sabemos a dónde va a llegar usted, señor de Pipaón, y si no para de subir, le veremos ministro o gobernador del Consejo, o embajador el día menos pensado.
—Gracias, señora doña Presentacioncita. Pero...
—Pero... déjeme usted seguir —repuso impaciente, porque la revelación del principal secreto le había devuelto su normal viveza y desenvoltura.
—Ya oigo.
—Decía que si usted me libra de la profunda aflicción que tengo, rezaré todas las noches un padrenuestro para que Dios le haga a usted embajador o ministro.
—Hecho el trato —respondí riendo—. Su novio de usted...
—¡Por Dios y todos los santos, sea usted reservado! Hago a usted esta confianza porque conozco su prudencia, su bondad, su discreción. Antes moriría que fiarme de Ostolaza.
—Lo creo.