—Si usted dice una palabra por la cual mi señora madre pueda sospechar...
—¡Oh! Lo que es eso...
—Entonces tomaré venganza tan horrenda, tan espantosa...
—Lo creo, sí, lo creo sin juramento.
—Tan espantosa, que... vamos: ya estoy teniendo compasión de usted. ¡Oh! de veras... será usted el más desgraciado de los hombres.
—El más feliz seré si consigo sacar a usted de ese mal paso.
—A mí no, a él —declaró con viveza.
—¿Quién es? ¿No se puede saber?
—Usted le conoce —dijo fiando a mi penetración lo que solo correspondía a su franqueza.
Avergonzábase de pronunciar el nombre de su adorado; y todo era medias palabritas, reticencias, adivinanzas, mucho de que se quema usted, hasta que al fin, con más trabajo que para sacar alma del Purgatorio, le saqué del cuerpo el dichoso vocablo, resultando que aquella Tisbe tenía por Píramo a un mozalbete de buena familia llamado Gasparito Grijalva, hijo de don Alonso de Grijalva, propietario muy adinerado.