—¿Y en qué apreturas se encuentra ese joven, que tanto necesita de mí?

Presentacioncita se sintió conmovida, y llevándose el pañuelo a los ojos, dijo:

—Está preso.

—Vamos, madamita, no llorar. Eso no conduce a nada —repuse dándole algunas palmadas en el hombro—. ¿Y qué diabluras ha hecho el mozo?... ¿Alguna pendencia, alguna disputa quizás por esos lindos ojos?...

—No es nada de eso —añadió sollozando—. Le prendieron porque en el café dijo que Su Majestad era narigudo.

No pude contener la risa.

—¿Por eso, nada más que por eso?

—Y por haber dicho que Su Majestad escribía cartas a Napoleón desde Valencey, felicitándole y pidiéndole una princesa para casarse.

—¡Oh! grave desacato es ese...

—¡Ay! Señor don Juan —exclamó cubriéndose el rostro y llorando sin freno—, yo me muero de aflicción, yo no puedo vivir...