—Calma, mucha calma, señora mía, y discurramos lo que se ha de hacer.
—¡Y dicen que le van a ahorcar, señor de Pipaón! —agregó, volviendo a mostrar los ojos, más bellos entre la humedad del llanto, como es más bello el sol después de la lluvia—. Eso sería una iniquidad, un crimen... ¡Ahorcarle por una tontería!...
—Por eso se ahorca hoy... Discurramos. El delito es horrendo...
—¿Horrendo?
—Sí: ¡calumniar a Su Majestad, diciendo que anduvo en tratos con el infame monstruo!
—¡Cosas de muchachos! Como su padre es algo liberal, según dicen, y parece que no quiere toda la Inquisición, sino una parte de ella, desean castigarle en la persona del pobre, del inocente Gaspar... ¡Ah! ¡Si viera usted qué carta me escribió ayer!... Yo no sé cómo se las compuso para escribirla en la cárcel y enviármela; pero ello es que la recibí. Me suplica que le mande secretamente un cordel o un puñal para darse la muerte, antes que el verdugo ponga sus manos sobre él. ¡Esto parte el corazón! Parece que siento ya el puñal clavado en mi pecho, y la cuerda alrededor de mi cuello... Y gracias a que Dios me ha deparado un amigo tan bueno y generoso como usted; pues ¿quién duda que beberá los vientos para que pongan a Gasparito en libertad?
—Falta que lo consiga, porque la justicia de estos tiempos no se anda con bromas; y si bien es posible que el niño no lleve corbata de cáñamo por ahora, casi casi se le puede dar una carta de recomendación para los huéspedes de Ceuta o de Melilla.
—¡En África, en presidio!... Para usted, según dicen, no hay nada difícil; todo lo allana, y es el más activo correveidile, el más bullidor y hormiguilla de los empleados públicos de hoy.
—Gracias.
—De modo que si usted no quiere verme morir de pena; si no quiere que le maldiga en mi última hora, y que desde este momento le aborrezca como a mi más cruel enemigo, prométame que dentro de unos pocos días estará Gaspar en libertad.