—Mucho pedir es, señora doña Presentacioncita. Yo no tengo poder en la Corte ni en la camarilla, que es donde se prende y se suelta a todo el mundo. ¿Por qué no se franquea usted con Ostolaza?
—¡Jesús, ni pensarlo! —exclamó con terror—. Se lo contaría todo a mamá.
—En fin, yo haré lo que pueda —dije, prometiéndome interiormente no volver a ocuparme de tal asunto.
—¡Lo que pueda!... eso es bien poco. Ha de hacer usted lo que no pueda, lo imposible, señor de Pipaón. Por ahí le llaman a usted Santa Rita.
—Mucho se me pide —indiqué dulcemente, discurriendo que bien podían darse algunos pasos, con tal que fueran remunerados de alguna manera—, y nada se me ofrece.
—¿Y mi agradecimiento eterno, mi amistad, lo mucho que rezaré por usted para que siempre goce buena salud y llegue a ser, cuando menos, ministro, y pueda repartir beneficios a los necesitados? —observó con hechicera sonrisa, que valía más que todas las razones, y podía más que todos los ruegos.
—Presentacioncita —le dije, acercándome más a ella—, nunca creí que una niña tan linda, tan discreta, tan bondadosa, de tantísimo mérito como usted, fuese a caer en las redes de un...
—Menos incienso, señor don Juan —replicó con malicia—: hoy no estoy para zalamerías.
—Pues qué, ¿esos ojos celestiales, esos...?
Alargué una mano para tocar la suya, cuando rechinaron los goznes de la puerta y yo salté en mi silla. La puerta se abrió, dando entrada a una figura pomposa, que desde su primer paso y desde su primera mirada empezó a irradiar magnificencia dentro de la habitación. Era doña María de la Paz Jesús, hermana del señor marqués de Porreño, y desde la muerte de este, jefe de la ilustre cuanto desgraciada familia[2]. Venía de la calle, y como era mujer de corpulencia, con el cansancio y la pesadez de sus carnes traía muy sofocado el rostro y fatigosa la respiración. Sentose al punto, sin despojarse del mantón ni soltar el ridículo, el abanico, sombrilla y manojo de papeles que en la mano traía, como Minerva sus atributos, y lejos de enojarse por verme allí a hora tan impropia, pareció alegrarse mucho de mi presencia.