[2] Véase La Fontana de Oro.

Aquella señora tan grave, tan rigurosa, tan ceñuda, enemiga feroz de toda clase de libertades, sonreía ante mí, dignándose echar el velo de su delicadísimo disimulo sobre aquel coloquio a solas, que en época posterior habría sido inocente, pero que en tiempos tan honestos era poco menos que escandaloso, casi nefando. Yo esperaba una tempestad, y me encontré con un arco iris.

Oigámosla ahora.

X

Antes de responder a mi saludo, me dijo:

—Espero que usted, señor de Pipaón, como hombre de gran influencia, amigo de Ugarte, Alagón y Pedro Collado, nos apoyará en nuestra justa pretensión, haciendo cuanto esté en su mano para que salgamos adelante.

—¿Y cuál es el asunto?... —pregunté confundido.

—¿Pues no lo sabe usted? ¿No estuvimos hablando de eso más de dos horas anteanoche?

—¡Oh! sí, señora mía, ya recuerdo: es...

—La moratoria que pretendemos... Ya hemos hecho la solicitud a Su Majestad, y se nos ha prometido que pronto se dará cuenta de ella en la regia Cámara, y que la apoyarán los más cariñosos amigos del soberano.