—¿Una moratoria? ¿Conque una moratoria?...

—Nada más justo —dijo doña María de la Paz, con acento de convicción profundísima—. Ni se me alcanza por qué han de ser tan lentas y fastidiosas las formalidades para concederla; debiera ser cuestión de un par de días, y de una esquelita de Su Majestad al Real Consejo.

—Señora, una moratoria siempre es asunto de gravedad.

—Pero no en el caso presente, señor de Pipaón —declaró con viveza, arrojando de sí una llamarada de orgullo que se extinguió bien pronto, como las chispas brotadas del pedernal—. Nosotros reclamamos una cosa muy justa. Mi padre y mi hermano contrajeron algunas deudas... la cantidad no hace al caso. Hiciéronlo así, porque el lustre de nuestra casa lo exigía, pues solo en una comida y fiesta de caza y pesca que se dio al rey, al pasar por Montoro, cuando la batalla de las Naranjas, se gastaron treinta mil ducados. Ahora los acreedores, de los cuales el principal es don Alonso de Grijalva, han dado en reclamar su dinero y quieren apropiarse las fincas libres que nos quedan, pues bien sabe usted que el mayorazgo, conforme a la ley de su principal instituto, se ha extinguido en nuestra línea por falta de varón.

—Ya, ya sé. ¿Ustedes, por falta de varón...? Comprendido.

—¿Cómo es posible, pues, que un rey justiciero, que ha venido a restablecer en España las buenas doctrinas y a limpiar el reino de toda impiedad y bajeza, consienta en este despojo, en este embargo inicuo, insólito, con que se nos amenaza?

—Señora, los acreedores... dieron, mejor dicho, colocaron su dinero... —indiqué respetuosamente.

—Sí, señor —añadió, despidiendo otro chispazo de soberbia que iluminó velozmente su rostro—. ¿Pero qué vale su dinero?... ¡Miserable metal! Como si no hubiera en el mundo más que dinero... ¿Pues y las virtudes, pues y las glorias y grandezas del reino, pues y el lustre, fíjese usted bien, el lustre de las familias?

—El lustre. Sí, convengo en que el lustre...

—No, no es posible que un gobierno justo nos quite la hacienda que honrosamente poseyeron nuestros antepasados. ¡A dónde vamos a parar! Estaría bueno que un don Alonso de Grijalva, un hombre que ha salido de la nada, pues público es y notorio que vino a Madrid de la Maragatería, arreando un par de mulas; estaría bueno, repito, que un don Alonso de Grijalva, fíjese usted bien, un don Alonso de Grijalva, se calzase nuestros estados de Galicia y Aragón. ¡Oh! Es zapato muy grande para tal pie. Esos hombrecillos, nacidos de los romeros y mastranzos, tienen una osadía que espanta. Tanto alzaron el vuelo en tiempos de la Constitución, que se creían dueños del mundo, y por lo que veo, aun después de vueltas las cosas a su ser y estado primero, continúan alzando la cabeza y amenazando con sus viles usurpaciones.