—En suma, ustedes solicitan que se ponga coto al inconcebible atrevimiento de los que han dado en la flor de llamarse acreedores.

—¡Oh! Nosotras no negamos la deuda, ni tampoco el propósito firmísimo de pagar algún día —repuso con voz firme—. Pero deseamos que esos señores confíen en nuestra probidad, y esperen tranquilos la hora oportuna de recoger lo suyo. ¿Pues quién duda que es suyo? Nuestra pretensión no puede ser más natural. Solo pedimos a Su Majestad que nos conceda una moratoria nada más que de diez años, fíjese usted bien, de diez años...

—Ya estoy fijo, sí. Me parece muy justo. Dentro de diez años...

—No creo que Su Majestad, tan piadoso, tan buen cristiano, tan justiciero, tan cariñoso para todos los que no nos hemos contaminado de la constitucional pestilencia, niegue una pretensión tan razonable, mayormente si considera que el fiero enemigo, de cuyas garras queremos librarnos, es un hombre a quien suponen un poco desafecto al régimen actual.

—El señor de Grijalva no se mezcla en política. Es hombre modestísimo, que solo se ocupa en gobernar su casa y sus intereses.

—¡Oh, qué mal le conoce usted! —repuso con súbito arranque—. Si yo dijera que no hay lengua más cortante contra el gobierno ni tijera más diestra que la suya para cortar vestidos a los amigos de Su Majestad... En fin, ¡qué tal hombre será y qué tal educación dará a sus hijos, cuando ha sido preso Gasparito por desacatos al rey y no sé qué abominables dichos y hechos!

—Parece que el niño dijo en un café que Su Majestad es un tanto narigudo.

—Algo más sería —afirmó doña María de la Paz, con verdadera saña—. Descubriose que andaba en logias, escribiendo papeles, y reclutando gente de mal vivir.

Presentación parecía de cera.

—¡Oh, si es cierto —afirmé—, el hijo y el padre lo pasarán mal!