Presentación parecía de mármol.
—No, tales infamias no pueden quedar sin castigo. Veo que Su Majestad, llevado de su buen corazón, está por las blanduras, y perdona a todo el mundo. ¡Escarmiento!... duro en ellos, señor de Pipaón. ¡Si no se castiga a nadie!
Presentación había enrojecido, y parecía de fuego.
—Pero cualquiera que sea el fin de estas abominables conspiraciones y disturbios, usted tomará a pechos nuestro negocio, nos prestará su poderoso auxilio, y arrimará su hombro al sagrado muro, fíjese usted bien, al sagrado muro de nuestra moratoria. ¿No es verdad, amigo mío? —dijo doña María de la Paz, levantándose para retirarse.
—Yo...
No pude decir más, porque en aquel instante concebí una idea grandiosa, colosal; una de esas ideas que de tarde en tarde fulguran en el cerebro del hombre, abriendo ante sus ojos inmenso horizonte en los espacios de la vida; una idea que absorbió mis potencias todas por breve rato, no permitiéndome ver cosa alguna, ni pensar en nada que estuviese fuera de la esfera de mí mismo. Tras de la idea vino un propósito firme, poderoso, y después un plan, cuyo sencillo organismo se me representó clarísimo en todas sus partes.
—Señora, no necesito decir que haré los imposibles porque se consiga esa moratoria —manifesté con artificioso interés a la dama, cuando se retiraba.
Después volví al lado de Presentacioncita. Su cólera mal contenida se desahogaba en amargo llanto.
—Adorada y adorable niña —le dije con acento de profundísima verdad—. No llore usted: todo se arreglará.
—Usted es muy bueno, ¿usted será capaz...? —dijo levantándose y poniéndose ante mí con las manos cruzadas, como se pone la gente piadosa y afligida delante de una imagen.