—Tranquilícese usted: Gasparito será puesto en libertad —afirmé con el mayor aplomo.

—¿Cuándo?

—Cuando se pueda. No hay que impacientarse. El muchacho no irá a presidio.

—¡Oh! ¡Qué hermosas palabras! —dijo saltando de alegría y secando sus lágrimas—. ¿De modo que no...?

—No le condenarán.

—¿Usted lo promete?

— Solemnemente.

—¡Qué bueno es usted... pero qué bueno! ¡Ay, qué guapo es usted! Sí, ¡qué guapo y buen mozo me parece! ¿Por qué no lo he de decir? ¿Conque usted promete que no le harán daño?

—Lo juro. Oígalo usted bien. Lo juro.

—¡Oh, gracias, gracias, señor de Pipaón! Que Dios le dé a usted la gloria eterna, y en este mundo mucha salud, toda la felicidad, todos los destinos de la nación, todos los sueldos, todas las encomiendas, todas las grandes cruces del mundo, y aún me parece poco para lo mucho que usted se merece.