Diciéndolo así, y desahogando en tiernos votos la loca alegría de su corazón, alargaba hacia mí sus cruzadas manos con ademán patético.
Salí de la casa. ¿Cuál era mi idea, mi propósito, mi plan? Se verá más adelante.
XI
Era Ugarte muy amigo del duque de Alagón, capitán de Guardias de la Real persona, inseparable acompañante del monarca dentro y fuera de Palacio. Yo también tuve relaciones estrechas con el duque, a quien visitaba frecuentemente por encargo de don Antonio, para tratar de asuntos reservados, en los cuales no era posible otra tercería que la del nieto de mi abuela.
Por cuenta, pues, de Ugarte y por la mía propia (llevado del luminoso plan que mencioné más arriba), fui a ver cierto día al señor duque de Alagón, que vivía en Palacio. Cuando entré en su despacho, Su Excelencia no estaba solo. Acompañábale un hombre de mediana edad, de aspecto no desagradable, aunque tenía muy poco de fino, de semblante fresco, rudo, como de quien en su crianza vivió más bien al desamparo de los montes que en la regalada comodidad de los regios estrados; vestido lujosamente, aunque sin ninguna elegancia, con librea de flamantes galones; personaje, en fin, del cual se podía decir que era un palaciego que parecía lacayo, y un lacayo que cortesano parecía. Recostado en muelle sillón, fumaba un habano, y su coloquio con el duque era tan corriente y por igual que dos duques no se hubieran hablado de otro modo... ni tampoco dos lacayos.
Cuando entré, dijo el duque:
—Podemos seguir hablando, señor Collado. Pipaón es de confianza y no importa que nos oiga.
—Es que Su Majestad se despertará pronto; llamará y tengo que llevar el agua —repuso Collado mirando el reloj.
—Aún hay tiempo —dijo el duque vivamente—. Para concluir, señor Collado...
—Para concluir, señor duque...