—Concedo las dos bandoleras, a cambio de la canonjía.
—Que no puede ser, que no puede ser...
—Pues vaya... tres bandoleras.
—¡Qué pesadez de hombre! —exclamó el de la librea, que no era otro que el eminente Chamorro, ayuda de cámara de un alto personaje—. He dicho a Su Excelencia que me pida el arzobispado de Toledo, o media docena de mitras sufragáneas; pero que me deje en paz esa canonjía de Murcia, plaza de gran empeño para mí, porque la tengo prometida al sobrino de mi cuñada.
—Pues precisamente esa canonjía de Murcia y no otra es la que yo quiero con preferencia al arzobispado metropolitano —afirmó el duque agitando los brazos—. Se la prometí a la condesa, se la prometí, le di mi palabra de honor... Señor Collado, por amor de Dios... Disponga usted de dos plazas de guardia... vamos, de tres.
—Ni de cuatro. ¿Para qué quiero yo eso? —repuso Collado con desdén, contemplando el humo que desde su boca subía hasta el techo en blancas espirales—. Traigo entre manos la comandancia general de la plaza de Santoña...
—Ya sé para quién es eso —dijo el duque con presteza—. Ya se convino en darla al marido de la Pepita.
—De doña Rafaela, dirá usted, de doña Rafaela.
—¡Doña Rafaela! Esa mujer es insaciable. Se ha llevado ya todas las plazas fuertes, y quiere también echar mano al Consejo Supremo de la Guerra. No he visto mujer que tenga más parientes. Es prima, hermana y sobrina de medio ejército... ¡Y la pobre Pepita a quien yo prometí...!
—No faltará para ella —repuso Collado—. En esa lista de vacantes que tiene Su Excelencia, ¿no se le había señalado a Pepita (para su tío el clérigo, se entiende) la Colecturía general de Expolios y Vacantes, Medias Annatas y Fondo Pío beneficial?