—Si no hay tales vacantes —observó el duque con mal humor—; las he provisto todas. Veamos otra cosa: ¿quién cae?
—Ya recordará Vuecencia los que perecieron anoche —manifestó Collado, sonriendo con malicia—. Está abierto el hoyo para dos consejeros de Órdenes, por tibios y amigos de Macanaz.
—Y para el director de Tercias Reales, si mal no recuerdo.
—Y para dos beneficiados del Venerable e inmemorial Cabildo de Guadalajara.
—También tiene la marca en la frente —añadió el duque, con satisfacción parecida a la de los labradores cuando hablan de buena cosecha— el superintendente de Correos, por haberse negado a dar cuenta de aquellas cartas sobre el baile de máscaras.
—Muchos puestos hay —afirmó Chamorro con enfáticas pretensiones de gracejo—; pero hoy han venido tres obispos con trescientas solicitudes de Guerra o Marina. Esto es mezclar berzas con capachos.
—¡Qué demonio!... Y destierros, ¿hay algunos?
—Tal cual... así andamos. Pero ¿no se le concedieron a Vuecencia unos trece o catorce la semana pasada?
—Es verdad; pero los he gastado todos. Quisiera más —dijo Alagón con disgusto—. ¿No ve usted que necesito muchos puestos vacíos? ¡La condesa, Juanita, doña Romualda! ¡Si no me dejan respirar!... Esa gente con nada se satisface. Creen que la nación se ha hecho para ellas. Ya se ve: como ellas parecen hechas para la nación...
—Pues Su Majestad hace días que anda muy reacio, señor duque —afirmó Pedro con burda socarronería.—. Dice que abusamos.