—¡Que abusamos!
—Y que es preciso, en la provisión de destinos, dejar algo a los ministros, porque estos se quejan de la nulidad a que están reducidos y del tristísimo papel que hacen.
—Aquí hay alguna mano oculta, señor Collado —exclamó con rabia el duque—. Aquí hay intriga. A usted y a mí nos están engañando, y con vivir tan cerca de Su Majestad, no sabemos lo que pasa.
Chamorro se encogió de hombros. El duque mirome con atención, y sus ojos parecían decirme: «¿Qué piensa usted?»
—Todo depende —dije yo, rompiendo el silencio que, por darme mayor importancia, había guardado hasta entonces—, todo depende de los humos que han echado algunos ministros, como el fatuo, el insolente don Pedro Ceballos, como don Juan Pérez Villamil y otros.
—Bien, muy bien dicho —exclamó el antiguo aguador de la fuente del Berro, dándome una palmada en la rodilla para demostrarme su conformidad absoluta con mi parecer.
—Observen ustedes bien cuál es el plan de los ministros —proseguí enfáticamente—. El plan de esos señores bien claro se ve... es apoderarse del ánimo de Su Majestad, inclinarle a aceptar cuantas medidas ellos propongan, ordenar las cosas de modo que todos los asuntos públicos sean resueltos por ellos, y todos los destinos dados y quitados por ellos.
—Justo, eso, eso es —afirmó el duque—. Pipaón ha puesto el dedo en la llaga.
—Bien claro lo demuestran las providencias que se están tomando —dijo Chamorro con ademán meditabundo—. Para imponer su voluntad, han empezado por aconsejar al rey que vaya dejando a un lado las medidas de rigor. ¡Oh, aquí hay algo! En el aldehuela, más mal hay del que se suena.
—Como que ya han acordado suprimir las Comisiones de Estado, y se han prohibido las denominaciones de serviles y liberales —indiqué yo—. En suma, señores, hay en el ministerio algunos individuos que se manifiestan deferentes ante el Monarca; pero ¿qué pensaremos de un Ceballos, de un Villamil? ¿Qué pensaremos, repito, al verles empeñados en llevar el gobierno por los torcidos caminos de una tibieza hipócrita?