—Una tibieza que no es más que constitucionalismo disfrazado —dijo Alagón, dándoselas de muy perspicuo.
—¡Constitucionalismo! —repitió Collado—. Así se lo he dicho esta mañana. Debajo del sayal hay al...
—¿Y qué dijo? ¿No hizo alguna observación chusca? —preguntó con interés vivísimo el duque.
—Siempre que le hablo de esto calla como un cartujo —repuso con descorazonamiento Collado—. Al buen callar llaman Fernando.
Los dos palaciegos permanecieron meditabundos por breve rato.
—Yo no sé qué raíces echa el tal don Pedro dondequiera que pone los pies —dije yo—; pero es lo cierto que, cuando se instala, no se deja echar a dos tirones.
—Es hombre listo y que sabe manejarse —añadió el duque—. ¡Cuando ha sabido hacer olvidar sus servicios a Bonaparte en Bayona, y a las Cortes en Cádiz...!
—Pues si he de ser franco, señores —observé yo con hinchazón y petulancia—, manifestaré a ustedes una cosa, y es que... Vamos, lo diré en dos palabras. Si yo viviera en esta casa, don Pedro Ceballos no duraría una semana en el ministerio.
—¡Ay, amigo! —me dijo el duque, poniéndome familiarmente su noble mano en el hombro—. ¡Usted no sabe qué clase de casa es esta!
—Se intentará, señores, se intentará —dijo Collado, rascándose la frente—. Otras cosas ha habido más difíciles.