—Mucho más fácil sería dar en tierra con Villamil; ¿no es verdad, señor Pedro?

—Ese tiene su pasaporte colgado de un pelo, como la espada de Demóstenes —afirmó socarronamente el aguador.

—De Damocles, querrá usted decir —indicó Alagón—. Pues es preciso romper ese cabello; ¿me entiende usted, señor Collado?

—Ya, ya se hará —murmuró el exaguador, dándose importancia—. Yo creo que Su Majestad tiene razón, señor duque. Estamos abusando, estamos abusando de su mucha bondad. Verdad es que, si algo hacemos, muévenos el gran cariño que le tenemos todos.

—¡Abusar! —exclamó el duque con desabrimiento—. Por mi parte hace tiempo que estoy casi en desgracia. Recibo muy pocos favores.

—¡Hombre de Dios, y todavía se queja! —gruñó Collado, con cierto enojo—. ¡Después que, a cambio de las condenadas bandoleras, se ha llevado la mitad de los beneficios, de las prebendas, de las raciones, de las abadías, de las capellanías, de las colecturías, de las examinadurías sinodales, de las difinidurías de la Santa Iglesia! Y todavía pide más. ¿Qué es lo que pide la mona? Piñones mondados.

—Ya ve usted... —dijo el prócer con mal humor—. No he podido conseguir la canonjía de Murcia, que es para mí de gran empeño... Pero no cedo: esta noche misma hablaré de ello a Su Majestad... Veremos si cuento con Artieda, hombre de gran poder en la provisión de piezas eclesiásticas.

—Artieda —repuso Chamorro— trae entre manos una moratoria que solicitan las señoras de Porreño.

—¿Y se la concederán? —pregunté sin mostrar interés.

—Creo que sí. Viene recomendada por una cáfila de reverendos.