—Si es cosa de Artieda —añadió el duque—, la doy por ganada. Ese endiablado guardarropas, con su aire mortecino y su cabeza caída como higo maduro, vale más que pesa.

—Fue criado de la casa de Porreño —observó Collado con distracción, arrojando la cola del cigarro.

—¡Pobre señor de Grijalva! —exclamó Alagón—. Buen chasco se lleva si las de Porreño consiguen la moratoria.

—Por cierto que soy amigo de Grijalva —manifestó Chamorro—, y ha venido esta mañana a solicitar mi favor para que pongan en libertad a su hijo.

—Un mal criado niño que en los cafés ha calumniado al mejor de los reyes, y al más generoso de los hombres —dije.

—¡Calaveradas! —balbució el duque—. Y usted, señor Collado, ¿aboga por Gasparito?

—Sí, señor —repuso el ayuda de cámara—. Tengo empeño en ello, y creo que no me será difícil...

—Si es usted omnipotente...

Collado se levantó.

—Repito mi proposición —le dijo el duque, agarrándole por la solapa de la librea—. Doy dos bandoleras.