—No.

—Tres.

—No... he dicho que no.

—¿Pero se va usted?

De repente callaron ambos porque se abrió la puerta, y apareciendo en ella un lacayo, gritó:

—¡Señor Collado, la campanilla!

Chamorro corrió fuera de la habitación con la rapidez de un gato.

—Ha llamado —dijo el duque sentándose—. Señor de Pipaón, hablemos.

XII

¡El duque!... ¡Oh!, no puedo escribir una palabra más sin hablar del duque largamente, para que se conozca a uno de los personajes más extraordinarios de aquella eminente y nunca bien ponderada Corte.